palabras más lejanas

La mañana suda una palabra.

apesadumbrada desaparece,

correteando dobla la esquina.

Entra silenciosa en la taberna,

todavía allí los cantantes metafísicos de Purcell,

el eco de la campana la adelgaza.

Pondrían la mano sobre su hombro,

añadirían otras palabras al oído.

Jugará a perderse

con las arenas que la bruñen.

Está alegre porque han venido

a verle su nueva cara, se adormece

en el ahumado rodar de las monedas.

Desaparece como una ardilla,

en la medianoche de la otra esquina

recién apagada.

 

José Lezama Lima

 

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otro de un testiguo fugaz y disfrazado

La letra con sangre entra.

Como el amor. Mas no dura

en el cuerpo la escritura,

ni con esa herida encuentra

paz el amante. Se adentra

en el cuerpo deseoso

y más aumenta su gozo

con su mal. Alegoría

de nuestra postrimería:

jeroglífico morboso.

 

Severo Sarduy


hija del viento

tempestad de arena

Han venido.

Invaden la sangre.

Hueles a plumas,

a carencias,

a llanto.

Pero tú alimentas al miedo

y a la soledad

como dos animales pequeños

perdidos en el desierto.

 

Han venido.

A incendiar la edad del sueño.

Un adiós es tu vida.

Pero tú te abrazas

como la serpiente loca de movimiento

que sólo se halla a sí misma

porque no hay nadie.

 

Tú lloras debajo del llanto,

tú abres el cofre de tus deseos

y eres más rica que la noche.

 

Pero hace tanta soledad

que las palabras se suicidan.

Alejandra Pizarnik


ao sentir a chuva sobre o corpo caído

vou morrer

no meio do mar

longe das terras

que nunca me deram

refúgio

minha alma

vai-se levantar

e flutuar

num ponto

de desequilíbrio

focando

no corpo

que subtilmente

desce

para o profundo

 

na profundidade

de perder

uma pessoa

procurai

o mistério-

alga marinha

macia

que nunca desiste

de dançar

nuvens de homens-

de-guerra

a negligência

 

duma mão

aparição

perante o descer

fosse criatura

desconhecida

rara

iluminando

uma só luz

no abismo

não vou sentir

a chuva caindo

lhes prometo

os erros

duma vida

 

Marco Paulo Alves


luna

el sol y la luna

la boca atascada

como rosa en botón

una lengua como espino rascándome

el desierto de la piel

sudada, sudada de sal y arena

melenas mojadas sobre la sien

estirada sobre nubes desbaratadas

en un cielo demasiado gris

 

lenguas, lenguas como espinos

y un quejido rompiéndome

el silencio de lunas

la perfección

es una gota de sangre

que escurre sobre mis rodillas

y va a caer en el tiempo destejido

por las viejas parcas

 

noche

la sangre se desliza buscando

en el mar otra humedad

cristales de arena entre las piernas

inmovilizadas en señal de cruz

una mancha blanda

y un ojo ciego

temblando

temblando inerte como piedra

 

Alice Mar


acaba

En volandas,

como si no existiera el avispero,

aquí me tienes con los ojos desnudos,

ignorando las piedras que lastiman

ignorando la misma suavidad de la muerte.

 

¿Te acuerdas? He vivido dos siglos, dos minutos,

sobre un pecho latiente,

he visto golondrinas de plomo triste anidadas en ojos

y una mejilla rota por una letra.

La soledad de lo inmenso mientras media la capacidad de una gota.

 

Hecho pura memoria,

hecho aliento de pájaro,

he volado sobre los amaneceres espinosos,

sobre lo que no puede tocarse con las manos.

 

Un gris, un polvo gris parado impediría siempre el beso sobre la tierra,

sobre la única desnudez que yo amo,

y de mi tos caída como una piedra

no se esperaría un latido, sino un adiós yacente.

 

Lo yacente no sabe.

Se pueden tener brazos abandonados.

Se pueden tener unos oídos pálidos

que no se apliquen a la corteza ya muda.

Se puede aplicar la boca a lo irremediable.

Se puede sollozar sobre el mundo ignorante.

 

Como una nube silenciosa yo me elevaré de mi mismo.

Escúchame. Soy la avispa imprevista.

Soy esa elevación a lo alto

que como un ojo herido

se va a clavar en el azul indefenso.

Soy esa previsión triste de no ignorar todas las venas,

de saber cuándo, cuándo la sangre pasa por el corazón

y cuándo la sonrisa se entreabre estriada.

 

Todos los aires azules…

No.

Todos los aguijones dulces que salen de las manos,

todo ese afán de cerrar párpados, de echar oscuridad o sueño,

de soplar un olvido sobre las frentes cargadas,

de convertirlo todo en un lienzo sin sonido,

 

me transforma en la pura brisa de la hora,

en ese rostro azul que no piensa,

en la sonrisa de la piedra,

en el agua que junta los brazos mudamente.

En ese instante último en que todo lo informe pronuncia la palabra:

ACABA.

 

Vicente Aleixandre