sin título

no te apures.

te lo dije, no te apures.

pero no esperes

nada de mí.

nada de mí

nunca

ni sonrisa.

 

cierra los ojos.

duerme, cierra los ojos.

de mi vientre

brotan hormigas.

desde tu boca

se deslizan

mis víboras.

cierra los ojos, anda.

no lo quieres, no

lo quieres

ver.

 

ahora márchate.

y apaga mi sombra.

márchate, pero apaga mi sombra.

no te olvides. márchate,

y llévate esa voz

que apresurada

silba.

 

Alice Mar

 

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versos íntimos

Vês?! Ninguém assistiu ao formidável

Enterro da tua última quimera.

Somente a Ingratidão – esta pantera –

Foi tua companheira inseparável!

 

Acostuma-te à lama que te espera!

O Homem, que, nesta terra miserável,

Mora, entre feras, sente inevitável

Necessidade de também ser fera.

 

Toma um fósforo. Acende teu cigarro!

O beijo, amigo, é a véspera do escarro,

A mão que afaga é a mesma que apedreja.

 

Se a alguém causa inda pena a tia chaga,

Apedreja essa mão vil que te afaga,

Escarra nessa boca que te beija!

 

Augusto dos Anjos

 


de oppiano licario (fragmento mínimo)

La voluptuosidad que se desprende de la fijeza de la espera y el deseo errante es

tan enloquecedora como infinita.

 

José Lezama Lima


insomnio

Tú y tu desnudo sueño.  No lo sabes.

Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,

y tú, inocente, duermes bajo el cielo.

Tú por tu sueño, y por el mar las naves.

 

En cárceles de espacio, aéreas llaves

te me encierran, recluyen, roban. Hielo,

cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo

que alce hasta ti las alas de mis aves.

 

Saber que duermes tú, cierta, segura

– cauce fiel de abandono, línea pura -,

tan cerca de mis brazos maniatados.

 

Qué pavorosa esclavitud de isleño,

yo insomne, loco, en los acantilados,

las naves por el mar, tú por tu sueño.

 

Gerardo Diego

 


secor

desierto

me recluyo y de pronto

me reseco.

me fumo todos los resabios

de amargura de ayer

hasta que no me queden más sombras

sobre los párpados.

te saludo a lo lejos

y te brindo todos mis odios

para que puedas jugar

con nuestros despojos.

una botella más, y una mariposa

cerrándome la boca

con sus bostezos de muerte.

 

me visita un cuervo

y sus alas son como el anuncio

de la lluvia que nunca más

sobre nosotros.

me oprimes medias palabras

mientras te azoto piedras en las manos.

y la luna, que clara,

se esfuma entre nubes de azufre

ante los ojos.

 

no es que no hayas desaparecido

del todo. no.

es sólo un cansancio

que me acomete

entre noches de insomnio y camas ajenas.

arañas que me rascan la garganta,

y ese polvo que se me pega a la piel

cuando nada nunca más

entre un vaso

y otro.

 

Alice Mar

 


como la mar, los besos

No importan los emblemas

ni las vanas palabras que son un soplo sólo.

Importa el eco de lo que oí y escucho.

Tu voz, que muerta vive, como yo que al pasar

aquí aún te hablo.

 

Eras más consistente,

más duradera, no porque te besase,

ni porque en ti asiera firme a la existencia.

Sino porque como la mar

después que arena invade temerosa se ahonda.

En verdes o en espumas la mar, se aleja.

Como ella fue y volvió tú nunca vuelves.

 

Quizá porque, rodada

sobre playa sin fin, no pude hallarte.

La huella de tu espuma,

cuando el agua se va, queda en los bordes.

 

Sólo bordes encuentro. Sólo el filo de voz que

en mí quedara.

Como un alga tus besos.

Mágicos en la luz, pues muertos tornan.

 

Vicente Aleixandre

 


el poeta ruega por otro poema

si voltearas la mirada

un rato

nada más

y me vieras así

arrinconada

en tus recuerdos

agarrada de la rabia

con la que calaste tus besos

sería

tal vez

un otro poema.

 

Alice Mar

 


los espejos

espejo

Yo que sentí el horror de los espejos

no sólo ante el cristal impenetrable

donde acaba y empieza, inhabitable,

un imposible espacio de reflejos

 

sino ante el agua especular que imita

el otro azul en su profundo cielo

que a veces raya el ilusorio vuelo

del ave inversa o que un temblor agita.

 

Y ante la superficie silenciosa

del ébano sutil cuya tersura

repite como un sueño la blancura

de un vago mármol o una vaga rosa,

 

hoy, al cabo de tantos y perplejos

años de errar bajo la varia luna,

me pregunto qué azar de la fortuna

hizo que yo temiera los espejos.

 

Espejos de metal, enmascarado

espejo de caoba que en la bruma

de su rojo crepúsculo disfuma

ese rostro que mira y es mirado,

 

infinitos los veo, elementales

ejecutores de un antiguo pacto,

multiplicar el mundo como el acto

generativo, insomnes y fatales.

 

Prolonga este vano mundo incierto

en su vertiginosa telaraña;

a veces en la tarde los empaña

el hálito de un Hombre que no ha muerto.

 

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro

paredes de la alcoba hay un espejo,

ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo

que arma en el alba un sigiloso teatro.

 

Todo acontece y nada se recuerda

en esos gabinetes cristalinos

donde, como fantásticos rabinos,

leemos los libros de derecha a izquierda.

 

Claudio, rey de una tarde, rey soñado,

no sintió que era un sueño hasta aquel día

en que un actor mimó su felonía

con arte silencioso, en un tablado.

 

Que haya sueños es raro, que haya espejos,

que el usual y gastado repertorio

de cada día incluya el ilusorio

orbe profundo que urden los reflejos.

 

Dios (he dado en pensar) pone un empeño

en toda esa inasible arquitectura

que edifica la luz con la tersura

del cristal y la sombra con el sueño.

 

Dios ha creado las noches que se arman

de sueños y las formas del espejo

para que el hombre sienta que es reflejo

y vanidad. Por eso no alarman.

 

Jorge Luis Borges