la reina (de sobre los astros)

Los dedos de la reina ejercían todos los poderes. Ante la tabla de controles sólo ella oficiaba el espanto.

Ante la tabla de controles sólo ella provocaba el ensueño, distribuía los ríos, la dicha, las nobles emociones. Sólo ella nos deparaba el horror y las grandes promesas.

Triunfal, hundió el índice en uno de los resplandecientes botones y contempló, desde la amplia bóveda, el difuminamiento de las nubes. Triunfal, hizo la noche.

Inmediatamente, movió otro dedo, y fue el rocío cayendo sobre los grandes cristales tras los cuales, ella, la Reina, observaba. Con un amplio gesto, presionó otra tecla, y un cohete estalló en el cielo, y 17 constelaciones se esfumaron. Mirando el lejano espectáculo, apretó otro botón y todos los hijos de la tierra se tumbaron en su honor. Ahora reía, reía mientras los actores más notables de la Unión del Universo actuaban para ella. Ahora saludaba marcialmente al ejército que a un movimiento de su mano surgió ante ella, inclinándose… Lloraba: mientras uno de sus dedos provocaba aquella música exquisita, aquella sinfonía que reunía las más altas expresiones de todas las composiciones ejecutadas por un director invitado. La Reina lloraba: danzaba; sí, ahora danzaba en medio de un vasto escenario creado por un movimiento de su dedo gordo; sobre ella caían las luminarias: el público, parapetado en los satélites artificiales, aplaudía delirando. Sólo para ella hizo la lujuria, la pantalla en cuarta dimensión, la primavera. Se deslizó sobre la nieve blanquísima, patinó sobre el hielo; bostezó. La lluvia, ciclones, terremotos, el elogio de millones de criaturas anónimas: su voz resonando en todos los confines… Sus dedos seguían hundiéndose en la tabla de controles: castillos, una guerra interastral a dentelladas, una fiesta, un bosque de chocolate, una enfermedad inconfesable, una plaga más terrible que el tiempo, una palabra fosforecente. Otra vez el solemne desfile, la música, la risa. Y ahora una neblina cayendo, cayendo, cayendo en la playa donde se estrellan todas las audacias, a la vez que retumban los himnos.

Finalmente, la Reina se dirigió con afocatada gracia el dedo medio hasta un extremo del resplandeciente teclado. Y el universo estalló y desapareció. Sólo ella quedó girando, girando en el vació.

Ella, y el estruendo de los aplausos que el eco aún seguía repitiendo.

Reinaldo Arenas

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