Por las líneas

hay que caminar sin pisar las líneas,
se dijo, y se fue saltando.
como quien cruza fronteras, pero
sin pasar por la aduana.
liviana de maletas, se dijo,
como para no tener que deshacerlas
y luego hacerlas todas
otra vez.

La seguía de cerca el perro, pero sin correa
como que para poder escaparse mejor.
En el bolsillo unos cuantos menudos
que le regaló su vieja
para comprarse acaso una empanada
para comer por el camino.

Apenas hubo salido se despertó
pensando haber llegado
sola.

Alice Mar

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de “descuento”, página en blanco y staccato

Anoche fue la vieja frisa que encontré en el closet

un pretexto de bálsamo para precipitarme al sueño.

Seguí una ristra de clavos y rotitos

verificando al menos que la Biografía del Ángel

no colgaba tu cuerpo desnudo en las paredes.

Le grité al gato negro que no llorara tanto

y me encontré diciendo que no hicieran más ruido tus pinceles.

Por las mañanas preparo dos tazas de café y hablo con el otro

sabiendo que el otro soy yo mismo, entonces barro la soledad

y quito telarañas con un cuidado inmenso

para que mis arañas no sucumban con la ira del miedo.

Me obligo a visitar esa mitad del apartamiento

porque hay que darle vino a las matas para que no perezcan

y vuelvo a la mitad que siempre habito

y enciendo velas blancas frente a Santa Julia de Burgos

y pido que desde la ribera de su muerte

me permita quedarme en esta ribera.

Entonces al final de mi sombra me trepo a la pared

y vuelvo a la mitad que siempre habito

el mítico poeta que pintaste

el mismo que por venir del mar camina sobre el agua

y un aguacero azul hace temblar el frío

y una sombrilla azul hace que tenga alas.

Mirándome te miro

y tanta soledad requiere un desafío de almanaque.

Según dijo un amigo,

que otra tristeza habite tu tristeza para que no estés triste.

Por eso acabo de escribirte este poema.

 

Manuel Ramos Otero


deus ex machina

No me he creído el cuento

de que la nieve se cae del cielo

cuando visitan mi ventana diagonales

abrigando gárgolas de asombro

neoinglés, descreídas y desgreñadas

por el viento.

 

De la rama de un árbol acaso

resbaladas, posando sobre hocicos de piedra

mientras luz.

Se ha dicho del frío y de la sal

indicando rutas de buena suerte y paseos peatonales,

pero todavía hay que escribirse el reflejo

y los tropiezos ciegos.

 

La doña de las caderas atraviesa la calle

y me distrae.

 

Alice Mar


Ella

Apenas dobló la esquina, sentí que se había percatado de mi presencia. Sabía que yo estaba allí. La Mujer detuvo sus pasos, aprietando con fuerza tal vez excesiva la mano de niña que tenía enlazada a la suya. De lejos, pude intuir un leve estremecimiento. Había llegado la hora. Y Ella lo sabía.

Me fui acercando despacio. Los tacones resonaban en la calle como si todo el mundo se hubiera detenido para observar el más profundo silencio. Le toqué la espalda con mi pistola, por debajo de la blusa, para que sintiera la frialdad del metal. “Todos los caminos me conducen a ti”, sentencié. “Por fin nos cruzamos”, me contestó sin volcar la mirada.

*****

El apartamento no contenía más que los muebles precisos. Una cama, una mesa, unas cuantas sillas. Las constantes mudanzas de casa la obligaban a la sobriedad. Sin decir palabra, le indicó una silla. La Mujer, casi sin soltar la mano de la niña, se sentó. “No me espanta que te haya querido tanto. Eres una mujer preciosa todavía”, dijo. La Otra sonrió. “Para mí el tiempo no ha pasado”.

Recostó la pistola sobre la mesa y caminó hacia la ventana. “Me gusta Buenos Aires”. La Mujer asintió. La niña, de pie al lado de la madre, miraba a La Otra con ojos vidriados, como si estuviera delante de un fantasma. ¿Intuiría lo que estaba por suceder? La Otra caminó de vuelta en dirección a la mesa. Agarró la pistola con tranquilidad acaso fingida y dio dos disparos. La Mujer resbaló en la silla, amenazando caer apenas. La niña tuvo un ímpeto de gritar, pero no pudo. La Otra arrastró el cuerpo de La Mujer con alguna dificultad y lo tiró por la ventana como un bulto. A la niña la bañó, la vistió, y la puso con cuidado en una maleta, como otra niña a una muñeca. “He cumplido.”

*****

Post Scriptum:

Todas las historias son, en resumen, la historia de un amor o la historia de un crimen. En el mejor de los casos, ambas cosas. Hace años, sus caminos se cruzaron. Hace años, Ella se interpuso en su camino. Estaba enamorada de un hombre que aparentaba quererla mucho y del cual sólo la separaba una ocasional distancia física. Ella, de vacaciones en el Caribe. Él, en Buenos Aires. Lo había conocido por casualidad, como suele suceder en las historias de amor. La Mujer, que acababa de conocerlo, lo invitó a un viaje, un viaje dentro de su viaje. Esa vez no regresó.

Ignoro los detalles de este viaje. Ignoro si fue realmente por esa época que dejó de quererla. Ignoro si fue por esa época que empezó a quererle a Ella, si es que algún día la quiso realmente. Ignoro incluso si la niña a quién acababa de matar era realmente su hija. Pero desde aquella época, no pudo dejar de seguirle los pasos.

Jamás llegaron a conocerse realmente. De ella no habrá visto más que unas cuantas fotos. La Otra, poco a poco, pasó a conocerla como jamás lo había conocido a Él. Como jamás lo había querido a Él. Su obsesión por Ella se hizo más fuerte que cualquier querencia.

Me imagino que se sabía perseguida. Poco importa. La Mujer sabía que un día ella cruzaría su camino. Tenía que. Y sabía que ese día sería el último.

Alice Mar


poema para despertar a las lavanderas

Para calar a boca ricino

Para lavar a roupa Omo

Nando Reis

Levantar tarde

cantar más alto que la tristeza,

espantar la pereza

que todavía duerme sobre la cama.

Recoger, sacar el polvo

de los muebles, barrer el piso,

lavar los trastes,

todo eso mientras me recuerdas

– te escucho desde lejos –

que todavía hay que sacar la basura

acumulada ahí en la cabeza.

 

Limpiar la casa

como que para adelantar las tareas

del domingo.

Lavarse el alma, se dijo,

con agua y bicarbonato de sodio,

y luego escupir un poco de odio sobre las mesas

para darles – o eso creo –

algo de brillo.

 

Cantar más alto que la tristeza

despertar al vecino

de su siesta.

Tiro un balde de agua sucia

por la ventana, lustro espejos,

y así de paso, me hago las cejas.

Sacudo las sábanas hacia fuera,

alineo almohadas,

hasta que de pronto recuerdo

que todavía esperan las botellas vacías.

Hay que bajarlas – me digo –

pero primero

me tomo otra cerveza.

 

Y resulta que lo sucio – pienso –,

lo realmente sucio

no se quita a desafinos,

la escoba te escucha pero no

responde.

 

Te dejo una nota,

me esquivas un beso:

 

Perdona si la ropa

la he dejado para mañana.

 

Alice Mar


prólogo a guisa de ars poetica (o prólogo a “poemas para la ama de casa insomne”)

mesapuestaLas camisas hay que plancharlas bien.

Con goma, para que se vea bien su señor

director.

A la falta de esta claras de huevo,

de las que quedaron

del bizcocho de ayer.

Los huevos, por lo pronto,

a fuego bajo, siempre

que a los huevos hay que cuidarlos bien

y cocinarlos de a poco, ya dijo,

creo, el manual de cocina

de la esposa de ayer.

(qué mucho la extraño)

 

Entre huevos y camisas, la cama.

esa, claro, bien tendida,

que entre la cama y la mesa no hay sino un brinco,

y entre claras y bizcochos apenas

la plancha.

 

Pero de afuera hay que cuidar también

de los jardines de hierbas y verduras

y frutas y flores y todo eso que se ve

en las revistas. Enanos,

enanos de jardín y mangueras,

que hay que echarles agua a las plantas

aunque se las escondan (las mangueras, no las plantas).

Y de paso, hay que echarles agua a los enanos

también.

Hay que espantarlos

para que no invadan la casa

ni se coman la comida

de los perros.

 

La alfombra de enfrente,

la de la puerta de las visitas,

siempre dirá “welcome”

así sin fango, porque lo sucio se queda afuera

bien afuera,

con los demás deshechos

de la ama de casa que no duerme.

 

Adentro, bueno, vasos vacíos,

jugo de frutas con un tinte de alcohol.

Muchos que lavar por la mañana, por cierto,

los vasos hay que lavarlos antes

de que se despierte el señor director.

Pero la camisa está planchada,

la cama tendida, la alfombra de enfrente,

casi limpia de pisadas.

El poema, pues, pulido.

Por ahora.

 

Alice Mar

 

P.S.: la ventana estaba abierta y el viento llenó de polen el poema. Es primavera. Hay que limpiar todo de nuevo.


deje (texto robado, título inventado)

Mis amigos tienen que detenerse un momento. Dejen de tener hijos, dejen de casarse, dejen de conseguirse nuevos trabajos, dejen de viajar, dejen de hacer nuevos amigos, dejen de escribir libros nuevos cuando todavía no he terminado de leer los anteriores, dejen de estar tristes o alegres por razones que yo desconozco, dejen de enamorarse de desconocidos, dejen de salir del clóset para entrar en otro (quédense en el mismo clóset al menos!), dejen de dejar de ser marxistas, psicoanalistas, independentistas, deconstruccionistas o anarquistas para ser alguna otra cosa, dejen de comparar muebles nuevos (eso me confunde y me desorienta mucho!!) y dejen de morir sus gatos y rescatar gatos nuevos, dejen de aprender a cocinar los que no cocinaban y dejen de volverse vegetarianos los que comían carne, dejen de sustituir el baloncesto por la yoga, no se corten los dreadlocks, no dejen de fumar pasto, y los que fumaban pasto dejen de sustituir el pasto por el perico (eso hace daño!), dejen de meterse drogas que yo no conozco o métanselas conmigo, y dejen de empezar a ir al doctor (ya es tarde, jodedores!), dejen de hacer revoluciones en las que yo no puedo participar, dejen lo de ser kamikazes para otro día, otro día que nos podamos morir juntos, déjenlo para otro día cuando todo lo que hemos hecho junto encaje en el engranaje maquínico y eficiente que hemos construido, dejen de hacerme la misma pregunta que me hicieron la última vez que hablamos por teléfono, pero no dejen de repetirse, porque yo soy como su perro, y a los perros nos gusta la repetición, necesitamos la repetición, sólo accedemos a los vuelos inesperados por medio de la repetición, que sin ella, sin ella nos sentimos perdidos, dispersos le ladramos a los autos si bien no sabemos que hacer cuando uno se nos cuadra en frente… y sobretodo, dejen de leer a Rancière…

Luis Othoniel Rosa


haiku de mal humor

DSC_0065

Aquí,

donde la mierda blanca

puntitos que rozan la ventana

formando montanhas.

 

Alice Mar