mar cercado

mar cercado
El mar es un jardín azul de flores de cristal; pero la playa es siempre para morir.
Mi playa de morir tú eres… Son tus ojos que me cercan, que me rompen la ola.
Y con el mar en los brazos y el horizonte abierto, he de morir en ti, playa gris de
tus ojos, fortaleza de un grano y otro grano, muralla de musgo, escudo de
vientos.
 
Dulce Maria Loynaz
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tiempo

el tiempo que se me escurre por entre los dedos
como granos de arena. cristales rotos,
rostros que me miran en el reverso de mi frente muda
ojos, como de insectos que se multiplican.
 
todos se han ido ya.
sólo quedan manos. manos, cristales y arena.
y esos ojos, muchos, que ya no miran
enmudecidos en la humedad de la piedra.
 
arena mojada tras la marea, ola que se recluye.
tiempo que se me pesa entre las manos crispadas,
ojos de insectos, bocas escapadas,
caparazones de tortugas
                                                                                                         infinitas
                                                                          inversátiles
                                              inversadas
 
que se crujen como párpados bajo los pies.
 
ojos, olas en el olvido. caparazones de tortugas
como días pasados.
en el poema, arena mojada. y hojas,
hojas sopladas. los deseos pisados como cristales rotos.
 
Alice Mar
 

otro de trilce

Quién sabe se va a ti. No le ocultes.
Quién sabe madrugada.
Acaríciale. No le digas nada. Está
duro de lo que se ahuyenta.
Acaríciale. Anda! Cómo le tendrías pena.
 
Narra que no es posible
todos digan que bueno,
cuando ves que se vuelve y revuelve,
animal que ha aprendido a irse… No?
Sí! Acaríciale. No le arguyas.
 
Quién sabe se va a ti madrugada.
¿Has contado qué poros dan salida solamente,
y cuáles dan entrada?
Acaríciale. Anda! Pero no vaya a saber
que lo haces porque yo te lo ruego.
Anda!
 
César Vallejo
 

tedio del segundo día

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El descenso del amor consagrado
por un fervor nuevo, por un aceite de jugo
reciente como el agua de reciente caída.
Así la uva nueva destruye los paisajes morados.
 
Lo que ya viene de otra sangre tocada,
creciendo como las hojas errantes,
vuelve sobre lo carcomido con furias tempranas,
como el juramento atrae el vino irreverente.
 
Detrás de la cortina, envía la otra sonrisa desvaída,
mientras él gira en una bandeja demasiado pequeña.
Sus deseos marchaban de la figura a la increada medusa,
no de lo palpable a un recodo de sombras.
 
Siempre una luz negra cayendo sobre un paño sin nombres.
Hablaban, pero veía detrás de la figura dialogada,
un entretenimiento sin forma convenida
que va de la silla al desván sin tocar los consejos.
 
Hablaba y abrazaba lo que se brindó, y él aceptó,
pero la muerte oblicua tiene  un novísimo ácido.
Hay algo primaveral que se congela en el suspiro
y rueda hasta encarnar en otro cuerpo duro.
 
A su mirada oblicua que saltaba su suerte establecida,
una sonrisa inmóvil corona el segundo día de su agonía.
Perseguía lo inasible, ofuscado en abiertas claridades,
escondido detrás de los rostros que le daban su boca.
 
Cuando llega a la silla de oro de las despedidas,
sus deseos estallan en melodiosas flores acuáticas.
Al pasar el dulce mohín de una sombra moaré,
las hojas con rocío impulsan su fuga hasta el retorno.
 
Qué perezosa muerte al tocar nuevos ecos sus cristales,
ve llegar innumerables rostros en escalas fugaces,
Lo fugaz se redondea en nuevo verdor transitorio,
así las hojas saltan de una alfombra a otra alfombra mayor.
 
Del tronco húmedo, refugio de aves blancas,
la carne vegetal vuelve con su látigo henchido.
La sonrisa resurge de pronto iluminada
donde un dedo apuntala un silencio suspenso.
 
El mismo gesto, la sonrisa escapada de la propia saliva
en otra carne trae su hilo y su secreto.
En largos vuelos cae en el centro del tejido primero,
la ceguera marcha hacia un remolino incesante.
 
Los deseos cercan el cuerpo en otro cuerpo fugado.
La mano que ya pesa más que la mosca repleta,
inmóvil quisiera vulnerar el peso que en la luz
naciente va impreso. Los deseos como las hojas sopladas.
 
José Lezama Lima
 

en el reverso

los ojos rebotados en el espejo, acorralados de cristales que rehúsan despegarse.
firmeza fingida, muecas de años muertos.
 
de pronto un movimiento, una boca que se mueve. casi parece que el espejo va a
dar la luz un sonido. pero el tiempo ya no advierte bocas sin eco. y con el grito
es un cristal que se traga.
 
años rotos, cristales que no se desgajan hinchando los ojos. ojos de resaca.
 
una uña parece que quiere atravesar el espejo. rascar el frío que lo recubre,
alcanzar el reverso de este rostro mentido. alzar cristales mas fluidos. tiempo
detenido. los cristales tiemblan. pero el frío del espejo me nieva los dedos.
 
ojos hinchados, tendidos como de hilos sueltos. hachas de tiempo destejido. los
ojos ya no miran, no recuerdan, no preguntan ni crean. y el espejo, averigua
callado.
 
no, no hay reverso. sólo un rostro reflejo, y cristales que se diluyen en el olvido.
 
Alice Mar

 


ruinas

ruinas 
bajo sus arcos se enmarca una distancia. escucho pasos, pero todos se han ido
ya. ecos acuosos en el exilio, silencios de piedra. ruinas.
 
las ruinas son el testimonio de una ausencia, de lo que ya no está. como las
fotografías. y sin embargo, qué poco tienen que ver con el pasado. porque lo que
no está no es lo que un día estuvo, lo que se fue. no. es un vacío irradiante,
hinchado de fantasmas imaginados. porque toda ruina enarca un vacío. vacío
repleto de tiempo y de polvo. tiempo empolvado. ruina.
 
mirar una ruina es llenar una ausencia.
 
Alice Mar
 

de trilce

Me da miedo ese chorro,
buen recuerdo, señor fuerte, implacable
cruel dulzor. Me da miedo.
Esta casa me da entero bien, entero
lugar para este no saber donde estar.
 
No entremos. Me da miedo este favor
de tornar por minutos, por puentes volados.
Yo no avanzo, señor dulce,
recuerdo valeroso, triste
esqueleto cantor.
 
Qué contenido, el de esta casa encantada,
me da muertes de azogue, y obtura
con plomo mis tomas
a la seca actualidad.
 
El chorro que no sabe a cómo vamos,
dame miedo, pavor.
Recuerdo valeroso, yo no avanzo.
Rubio y triste esqueleto, silba, silba.
 
César Vallejo
 

ella

sombra reflejada
querías que yo fuera ella
la que no está, la que se fue
 
la que se va
 
ideaste noches sin fin,
(noches ruina de amores idos)
viajes en el tiempo,
encuentros, desencuentros
reencontrados,
espacios usurpados de un pasado ideado,
islas que se repiten,
 
en las que ella
siempre estará
 
me llamaste por su nombre,
me dedicaste los poemas
que le escribiste,
(palimpsestos órficos donde tú, ella y yo
inexistimos eternamente)
me convertiste también en fantasma,
para que yo no te la huyera
 
cuando me voy, cuando te vas
cuando se va
 
(no está)
 
querías que yo fuera tú,
tan proyección tuya como ella
(la que no termina de irse)
pero al no encontrarte(la)
en el fantasma que me creaste,
ese fantasma que eres tú, que es ella
que soy yo
 
(qué se yo)
 
te perdiste, nos perdimos
me perdi
 
y ahora te repito,
isla de papel
queriendo(te) reencontrarte
en otro pliego
en el que no te fuiste, no te vayas
 
no te vas
 
Alice Mar