lunes (segundo acercamiento, nueva casa)

DSC_0609A las burbujas del sancocho.

Un parque, memorias de infancia. A la nieve y los patines.

Hace frío y hay trabajo – es lunes –

donde los árboles desnudos y catedrales niños. De piedra

esas sí, las catedrales, sin hierbas sin verdes,

pero catedrales, al fin.

Caminata rápida desde el carro, pasadas

entre puertas y colegas buenos días,

los lunes, siempre

conversean los pasillos.

Hay nieve, creo.

Libreo y – claro – as always,

tengo sueño.

 

Pero tardes hay

y sancocho el que te espera

en la mesa y amas

de casa en casa entre burbujas y maullidos,

bolitas de amarillos

y caldos de carne con las manchas

de aceite precisas, y la cerveza fría

precisa aunque el termómetro.

Los lunes como domingos no poetizables

se enumeran, los lunes se enumeran, eso digo,

mientras cuentan las horas afuera.

 

Escribo y ya es martes

pero aquí el tiempo se para en un sancocho lunero

– ¿lunarino? –, calentito, cuando apenas son las cuatro

y ya es noche ventana afuera.

Es lunes y hay amas en la casa, y no hay amas en la casa,

en mi casa donde hay calor,

en la casa donde ollas viandas especias trocitos de carne bien barata cocinada

despacito

como baratos los versos los lunes que ya son martes.

Y que me perdonen el símil, pero hace frío

y ya ni siquiera es lunes.

 

Hace frío y hay trabajo. Afuera.

Un gato siempre ventanas,

ventanas cerradas sin calles sin gritos sin ratas

ni siquiera

los cuervos que no son changos

comedores de fast-food y me recuerdan a Poe,

el Edgard, Alan, el de los cuervos,

never more,

porque es lunes y es tarde

y es noche y ya estoy cansada.

 

Hay lunes, siempre. Y hace frío.

Pero ya no hay sancocho.

Y quisiera, querría, que más sancocho aquí,

hubiera más casa.

 

Alice Mar

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domingo (primer acercamiento)

hamacabaranda

Una casa donde es siempre domingo.

El gato redondea la ventana,

vasito de cerveza mientras música

y humo

aún cuando sin hamacas. Donde desde afuera,

donde el sol y los vecinos,

pasadas entre ardillas y miradas

sin saludos.

 

Se remiendan escrituras – el sillón –,

libreta entre la hierba y el carbón.

Pero domingo hay ropa sucia y lavadora,

y quehaceres y escoba,

tardes gordas mientras tanto

maúllo. “Voy”, le digo,

y ensayo un bostezo.

 

Es domingo. Y tengo sueño.

Los domingos siempre siestan. Si acaso

ocurren los insectos, un conejo

brinca mientras gato encierro adentro.

La puerta, casi siempre, casi toda abierta,

hacia adonde el pasto que nos es nuestro,

pero que es pasto y hasta incluso

verdea.

Es domingo,

aunque el gato – siempre lunes – no sale.

 

Y se sueñan catedrales

– son buenos los domingos para soñarse catedrales –

y hasta nos visitan sus jardines

de piedra entre hierbas y verduras

– mis macetas –

bajo día y rajadas de manguera.

El gato, puro trueque de ventanas

ocupado tal vez él también del humo,

en lo que adentro despacio

se cocinan habichuelas.

 

Y hay domingos de pasteles

cuando es año nuevo y uno espera

– es domingo – la otra casa.

Y luego llegan los regalos de familia,

pantallas, sortijas, abanicos,

sofrito

– congelado, siempre el sofrito –,

en sus papeles de colores.

Pero hay que bajarse las escaleras,

abrir paquetes,

hasta que de pronto – domingo –

todo se hace casa otra vez.

 

Hay casas donde siempre es domingo.

Y a veces, digo,

hay que bajarse las escaleras.

 

Alice Mar